Hay
temas que saturan la actualidad. Ofrecen tantas opiniones y generan tantos
comentarios que resulta ridículo escribir más sobre él; sin embargo, por el
peso de la noticia a veces la vena periodística (o simplemente la necesidad de
volcar el sentimiento) te lleva de forma desaforada a sentarte ante el
ordenador para aporrear, más que teclear el ordenador.
A
esta hora del sábado, poco después de las 10 de la mañana de lo que se dice “un
día histórico para la monarquía española”, ése es mi caso.
Llevo
semanas defendiendo en mi entorno que la imputación de la infanta Cristina es
la mejor noticia que puede recibir un gobierno que, durante este periodo, ha
visto cómo las portadas de los medios no retrataban el escándalo corrupto que
envuelve diariamente al partido del gobierno o algunas otras informaciones que
serían motivo casi de motín en cualquier país que en cualquier parte del mundo.
Aquí no. Aquí andamos pendientes del viento en el Cantábrico y la Infanta. Cómo
se frota las manos el gobierno central y muchos autonómicos, cuyos escándalos
no tienen cabida en los medios por falta
de espacio.
Ni
dispongo de los argumentos adecuados, ni barajo las informaciones que seguro
las decenas de especialistas en el tema están ofreciéndonos estos días; pero cuando
en muchas tertulias comienza a sonar con alguna tibieza pero ya sin complejos
la palabra república, reconozco, después de leer el enorme artículo de hoy
mismo en el periódico EL PAÍS ( http://blogs.elpais.com/micropolitica/2014/02/en-coche-la-primera-declaracion-de-la-infanta.html ) que
pienso bastante en ello y en la fuerza
del simbolismo.





