domingo, 18 de noviembre de 2012

YO NO DIRÉ ADIÓS A MILIKI


               No resulta fácil crecer. No resulta fácil abandonar la ternura, la fantasía y la verdad con que se transita por la infancia. El inexorable paso del tiempo hace irreversible la pérdida de la inocencia, tal vez la época más breve de la vida pero sin duda la más intensa. Si es cierto que en la edad universitaria se asientan los principios que marcarán la vida adulta, en la infancia se anidan los valores que forjarán la personalidad. Por eso, es en esos pocos años que tan sólo suponen poco más de una docena, cuando los ídolos adquieren una sobredimensión que no sólo deja huella en el corazón sino que también dejan rastro en la identidad.
           En pleno siglo XXI la infancia se forja entre internet, PlayStation, videoconsolas o princesas que, lejos de ser tiernas y dulces son heroínas capaces de la lucha y de cargar incluso con arco y flecha.
           Sin embargo, para los que crecimos en los 70, esa pasión furibunda que representa la tecnología en la era actual era aplacada por personajes que encumbraban la simpleza y trivialidad para que pudiéramos vivir en virginidad mental.
        En ese mundo habitaban los “payasos de la tele”, en ese momento los niños sólo abrazábamos ideales de fácil alcance, tal vez porque las luchas más feroces eran las que protagonizaban nuestros padres y abuelos intentando abrir nuestro futuro a un tiempo de libertad.



                Pero mientras los mayores despejaban caminos y fronteras, nosotros jugábamos con la ración diaria de circo, reíamos con las aventuras de la gallina turuleca o Susanita y paseábamos en el “coche de papá” o el “barquito de cascara de nuez” mientras Ramón le daba al balón o Don Pepito se encontraba con Don José.
             En el libro de vivencias de varias generaciones evocar el ayer y la imagen de los payasos de la tele es acunar recuerdos y todos esos ratos tan imposibles de recrear como difíciles de olvidar. Hoy, cuando de bruces y casi peinando canas te topetas con el adiós de uno de aquellos ídolos, el corazón se encoge porque no existe mayor muerte de la infancia que ver marchar a quienes te guiaron en tu llegada aquí.
              Miliki ha fallecido esta madrugada, poco importa ahora ese valor comercial de la imagen que quiso explotar individualmente sus últimos años y que generó controversias en una familia que parecía imposible de quebrar.
           Poco importa hoy si lo suyo eran “payasadas” que explotaban la ingenuidad, como muchos críticos se empeñan en argumentar para envilecer la historia de uno de los personajes más influyentes en varias generaciones, esas que hoy viven su edad media en puertas de la madurez con rebeldía por no querer dejar atrás la lozanía.
           Para nosotros, los niños de los 70,  hoy con la marcha de Miliki decimos adiós a la parte más emotiva de nuestra infancia: la infancia misma. El lugar donde muchos desearíamos volver, ese lugar donde sería imposible residir ahora si en él no estuvieran ya....como hoy ya no están.... Gaby, Fofó y….Miliki.

Seguidores