La generación que estudiamos EGB tuvimos la suerte de poder
acceder al estudio de ética y moral. En su momento, era una de esas asignaturas
“marías” que servían para subir nota y cubrir una hora lectiva de forma cómoda.
Sin embargo, en ocasiones, dependiendo de la destreza del
profes@r, su estudio te permitía acceder a pensamientos y reflexiones que la
vida se encargaría después de transformar en realidad práctica en determinada
coyuntura, situación o momento.
Una de aquellas enseñanzas te trataba de “educar” en algo,
tan abstracto, como el comportamiento correcto. Al parecer, hay cualidades
educativas que se valoran por la capacidad de saber comportarse del modo
correcto en cada momento, adaptando tu
acción o conducta a la exigencia del entorno o coyuntura.
Pero, ¿cuál es el
modo correcto?, ¿Hasta qué punto debes ser camaleónico en pensamiento,
sentimiento o actitud? Una cosa es la educación intrínsecamente ligada a la
necesidad del respeto hacia el prójimo y otra adaptar tus voluntades con el
peligro de perder identidad.
Todos hemos vivido alguna vez esa angustiosa sensación de
encontrarse “fuera de lugar”. El abanico de situaciones es muy amplio.
Quién no ha sentido la incomodidad de compartir asiento en
algún medio de transporte junto a una pareja de enamorados en fase álgida
dulzona. Esa época donde los besos y las leves caricias te empalagan hasta casi
provocarte a ti (improvisado invitado), un repentino brote diabético por
proximidad a tanta miel.

