Aquella tarde,
mientras Freddie Mercuri entonaba el “All we hear is Radio Gaga, Radio Goo go,
Radio Gaga…, Radio Go go, Radio Gaga, Radio what’s new? Radioooo, someone…
still loves you?” , ella paró su caminar y se sentó en lo alto de aquella
piedra, mientras contemplaba el horizonte que el mar le ofrecía, notó cómo se
deslizaba una lágrima por su fría mejilla, ésta abrió el camino a otra a la que
sucederían muchas más.
Ella. Era ella
ese “someone”, era ella quien todavía, a pesar del tiempo, la gente y el dolor
que nombrarla le provocaba, amaba la radio.
Cuando inició
su aventura en el mundo del periodismo nunca imaginó que con su limitada
tonalidad vocal, los agudos prevaleciendo en su voz y las cacofonías que
provocaba la presencia masiva en el sonido de sus cuerdas vocales de los "pitos", llegaría a
tener en una emisora de radio su hogar durante casi dos décadas. A ella le
gustaba escribir, amaba las letras pero, el destino le tenía otro camino
preparado.
Mientras sonaba cada estrofa musical de la "Radio Gaga" de Queen ella no pudo evitar el
pellizco en sus entrañas.
Entonces
comprendió que la radio la había conquistado mucho antes de que ella sucumbiera
hechizada al periodismo radiofónico.
La memoria del
corazón la trasladó a su infancia.
Aquella pequeña radio roja encima de la
cómoda de la sala de estar, ésa era la culpable de su enamoramiento.
Cerró los ojos y con todo detalle rememoró la escena de las tardes de su infancia. Vio a la abuela tejer mientras susurraba las viejas canciones que, inevitablemente, la llenaban de recuerdos, no en vano, el programa se denominaba “Cada canción un recuerdo” y la abuela, con las gafas acopladas a mitad de la nariz, levantaba de vez en cuando los ojos de los innumerables ovillos de lana que acumulaba en la cesta junto a la mecedora, para pedir “sube la voz, esa canción…..” Y entonces, la abuela evocaba con aquella música de fondo una historia, no el argumento que lanzaba la melodía, sino la suya, su recuerdo. “Esta canción la bailaban en los guateques de casa y un día allí tu padre…..”.
Cerró los ojos y con todo detalle rememoró la escena de las tardes de su infancia. Vio a la abuela tejer mientras susurraba las viejas canciones que, inevitablemente, la llenaban de recuerdos, no en vano, el programa se denominaba “Cada canción un recuerdo” y la abuela, con las gafas acopladas a mitad de la nariz, levantaba de vez en cuando los ojos de los innumerables ovillos de lana que acumulaba en la cesta junto a la mecedora, para pedir “sube la voz, esa canción…..” Y entonces, la abuela evocaba con aquella música de fondo una historia, no el argumento que lanzaba la melodía, sino la suya, su recuerdo. “Esta canción la bailaban en los guateques de casa y un día allí tu padre…..”.
Y así, cada
canción se convertía de verdad en un recuerdo para la abuela y en una aventura
para los pequeños.
Mientras hablaba la
abuela, su madre, canturreaba la melodía, sentada tras la máquina de coser, con
el pequeño flexo apuntando a la costura repetía “mamá, déjales de
historias que tienen que hacer los deberes”.