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viernes, 16 de junio de 2017

VALÈNCIA BÀSKET, mi PAMESA, Campeón de Liga

Sinceramente no sé qué tiene el deporte, ni qué tipo de adrenalina, endorfina u hormona de la felicidad consigue generar en el aficionado cuando se consigue una victoria épica o se conquista un título para provocar unos sentimientos indescriptibles y un nivel de enajenación que, de verdad no oso conocer ni describir.

Ante esa amalgama de emociones, que oscila entre la alegría jubilosa y las lágrimas, he vuelto a sucumbir esta tarde-noche del 16 de junio de 2017 presenciando cómo se proclamaba, por primera vez en su historia,  Campeón de Liga ACB, el que para mí, siempre será PAMESA VALENCIA, hoy para todos Valencia Básket.

Hace años que dejé de ser socia y algunos menos que no acudo a la Fonteta. Tampoco tantos, porque, a pesar de finalizar bruscamente el ejercicio activo como periodista deportivo del que gocé durante dos décadas, seguí acudiendo con mi sobrino puntualmente a presenciar los partido de un equipo que se acomodó en el desván de mi corazón hace casi 30 años.



Hace 27 temporadas (la campaña 1990/91), todavía adolescente ilusionada (e ilusa aspirante a ejercer un periodismo que la vida me ha demostrado era utópico), mientras soñaba con ejercer la que, sin embargo, sigo considerando, como definía el añorado García Márquez, “la mejor profesión del mundo”, me convertí en aficionada de aquel Pamesa de Indio Díaz, Salva Díez, Brad Branson,  Wood o Sergio Coterón, que dirigido por el técnico  J.Antonio Figueroa (protagonista de mi primera entrevista pseudoprofesional en 1990 cuando en segundo curso de mis estudios de CC.de la información el profesor de redacción periodística nos pidió entrevistar a un personaje público para poner en práctica toda esa teoría que, los años te demuestran, sirven para bien poco) irrumpía sigilosamente en la élite del baloncesto nacional para cohabitar con los grandes que ese momento eran Estudiantes, Joventut, Breogán, TAU, CAI Zaragoza, Real Madrid o Barcelona de la mano del único responsable que esta ciudad del Turia tenga un conjunto de básket, Juan Roig.



Sin pretender abrir el libro personal de vivencias con nostalgia,  es inevitable que aquellos momentos, junto a los vividos ya como profesional al lado de compañeros de profesión en Ràdio 9 como Carles Baixauli, Artur Balaguer, Damià Vidagany o incluso Luis Urrutia, quien durante varios años fue mi jefe directo y quien, a pesar de las desavenencias personales posteriores esta tarde en el capítulo de recuerdos también ocupa un lugar protagonista en mi emoción, hoy estén pellizcando mi corazón y haciendo brotar, de forma inesperada, incluso para mí, unas lágrimas emocionadas ante la soledad de una pantalla de televisión (me ha resultado imposible conseguir una entrada).

domingo, 12 de febrero de 2017

UN TE QUIERO A LA ETERNA COMPAÑERA, AMIGA...LA RADIO

      Aquella tarde, mientras Freddie Mercuri entonaba el “All we hear is Radio Gaga, Radio Goo go, Radio Gaga…, Radio Go go, Radio Gaga, Radio what’s new? Radioooo, someone… still loves you?” , ella paró su caminar y se sentó en lo alto de aquella piedra, mientras contemplaba el horizonte que el mar le ofrecía, notó cómo se deslizaba una lágrima por su fría mejilla, ésta abrió el camino a otra a la que sucederían muchas más.

Ella. Era ella ese “someone”, era ella quien todavía, a pesar del tiempo, la gente y el dolor que nombrarla le provocaba, amaba la radio.

Cuando inició su aventura en el mundo del periodismo nunca imaginó que con su limitada tonalidad vocal, los agudos prevaleciendo en su voz y las cacofonías que provocaba la presencia masiva en el sonido de sus cuerdas vocales de los "pitos", llegaría a tener en una emisora de radio su hogar durante casi dos décadas. A ella le gustaba escribir, amaba las letras pero, el destino le tenía otro camino preparado.

Mientras sonaba cada estrofa musical de la "Radio Gaga" de Queen ella no pudo evitar el pellizco en sus entrañas.

Entonces comprendió que la radio la había conquistado mucho antes de que ella sucumbiera hechizada al periodismo radiofónico.

La memoria del corazón la trasladó a su infancia. 


Aquella pequeña radio roja encima de la cómoda de la sala de estar, ésa era la culpable de su enamoramiento. 

Cerró los ojos y con todo detalle rememoró la escena de las tardes de su infancia. Vio a la abuela tejer mientras susurraba las viejas canciones que, inevitablemente, la llenaban de recuerdos, no en vano, el programa se denominaba “Cada canción un recuerdo” y la abuela, con las gafas acopladas a mitad de la nariz, levantaba de vez en cuando los ojos de los innumerables ovillos de lana que acumulaba en la cesta junto a la mecedora,  para pedir “sube la voz, esa canción..”  Y entonces, la abuela evocaba con aquella música de fondo una historia, no el argumento que lanzaba la melodía, sino la suya, su recuerdo. “Esta canción la bailaban en los guateques de casa y un día allí tu padre…..”.

Y así, cada canción se convertía de verdad en un recuerdo para la abuela y en una aventura para los pequeños. 

 Mientras hablaba la abuela, su madre, canturreaba la melodía, sentada tras la máquina de coser, con el pequeño flexo apuntando a la costura repetía  “mamá, déjales de historias que tienen que hacer los deberes”.

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