He
de reconocer mi fascinación por las elecciones en EEUU. Siempre he considerado
que es el típico evento que te permite innumerables lecturas mediáticas y
sociológicas, un análisis simplemente somero te permite retratar resquicios del
fenómeno Goebbels, sumum de la propaganda política. Al menos así lo hemos considerado
y estudiado en mi generación preparada mucho antes que su último biógrafo,
Peter Longerich, hubiera escrito sobre el “sobredimensionado poder
propagandístico” del ministro nazi.
Sea
o no certera la capacidad de Goebbels para publicitar hechos políticos, sí es
cierto que los inicios del siglo XX abrieron una capacidad de estrategia de
manipulación que, aún rediseñada y adaptada al siglo XXI, la proliferación de
las redes sociales o la globalización de la comunicación, continúa
extremadamente vigente, es más, ha disparado su potencial.
Es
por ello que las elecciones en los EEUU cautiva a cual sociólogo que se preste.
Las perspectivas de análisis son tan amplias que permiten activar estrategias
de ciencias tan diferentes pero con sinergias tan próximas y definidas como la sociología,
psicología, cc de la comunicación, publicidad, imagen, política…
Informativamente el atractivo que sugiere este evento cada cuatro años es
todavía incomparable a cualquier otro acto que pueda definirse en democracia.

