La
noche siempre había sido mi momento preferido del día. Era mi mejor lugar para
el reposo, mi rincón del camino en donde aterrizaba esa pseudofelicidad que
supone poder respirar profundamente y dejar la mente vacía de esos más de 70.000 pensamientos
que según los expertos se cruzan por nuestro cerebro cada día.
Se
cerraba la luz del día, cesaban los
ruidos, llegaba el silencio y la
oscuridad y justo ahí, en ese entorno, casi todo era posible.
Sí,
la noche siempre ha sido mi mejor momento. En la época estudiantil pasaba el
día esperando que se marchara el sol y al amparo de la madrugada iniciar el
estudio. Esa afición a leer a poca luz la sigo manteniendo. La lectura es casi
necesaria durante todo el día, todos los días, pero ninguna aventura seduce tanto
como al cobijo de la nocturnidad. En penumbra marchar en busca de aventuras,
perderse en otros mundos y adquirir la personalidad de tal o cual personaje es
un atractivo irresistible.
Pero
en época de metamorfosis es en la noche donde se cobija el miedo. Bajo el
amparo de la luna, de repente surge tu mente circundada de recuerdos, tu
universo se convierte en la evocación de momentos, gestos….
No
es bueno recordar de noche. La selectiva memoria solo para en detalles en busca
del efecto balsámico a tanto desconcierto, sin tener en cuenta que ninguna
escena vivida es perfecta más que en su evocación. La realidad siempre tiene
tamices, porque casi siempre la suerte
es intangible en sus manifestaciones y ni las grandes catástrofes son del todo
destructoras, ni el paraíso se convierte de repente en un infierno.
La
vida son detalles y todas las escenas están repletas de ellos. Por mucho que
descoloca la revolución interior, en momentos de crisis personal es básico
asumir con cautela la realidad para no someterse a la melancolía. Difuminar la
angustia, encontrar los resortes para no instalarse en el desencanto y
compatibilizar el cambio con la creación de una nueva cotidianeidad ha de ser
el objetivo.
