Florece
de nuevo la primavera, la luz vuelve a ser radiante, el sol comienza a calentar
y sin embargo, todo está en su mismo sitio, en ese mismo lugar que hace apenas
unos días, unas semanas, unos meses...
Sí, el mundo sigue rodando mientras perdemos,
casualmente a la misma velocidad que giraba cuando ganábamos. Los días siempre
se suceden con la misma lentitud o la misma prisa cuando ríes que cuando lloras.
La gente, los que a pesar de mareas y tempestades, a pesar de la vida y de las
preocupaciones, a pesar de los afectos y los desafectos, siguen aquí, envejecen al mismo ritmo en invierno que en
verano. Todo y todos somos los mismos hoy que ayer, pero, a veces, no importa
el exterior, porque en ti ya nada es igual mientras todo sigue siendo lo mismo.
Quizás
fue un momento, un detalle, no recuerdas muy bien el día ni qué, cómo ni cuándo
sucedió, pero tu mirada cambia, tu percepción está alterada y los sentimientos,
Ay , los sentimientos!, algunos maduran, otros crecen, pero los hay que se
esfuman y desaparecen casi con la misma fuerza con la que llegaron. Porque
aquella inoportuna palabra o aquel feo gesto, que antes incluso en su versión
más nociva era excusada por tu percepción optimista y encandilada, ahora se
convierte en una lanza que hiere en ese espacio interior en el que todo duele.
Y
sin embargo, aquí estamos, con la necesidad de volver a empezar, con la
esperanza de creer y con la obligación de continuar. Sumando días, acumulando
decepciones, soñando con abrazos, creyendo en principios y valores, confiando
en el ser humano, buscando sin saber qué pasa…mientras huimos.
No
importa las ganas que sientas de bajar del mundo, de nuevo toca cambiar el
rumbo, indagar, buscar sentido...
En
el fondo todos somos fugitivos y tenemos mucho de ese Lino
que protagoniza la novela Absolución de Luis Landero.