Siempre
me resulta especial presenciar una nueva edición de la Copa del Rey de baloncesto.
Aficionada al deporte de la canasta desde mi época colegial, el camino
profesional me ha llevado a vivir muchas más experiencias en el terreno
futbolístico; sin embargo, pocos recuerdos tan gratos como los vividos en las
ediciones de Copa del Rey que he tenido el gustazo de cubrir. Y pocos, muy
pocos momentos tan excelsos como los vividos en esta competición en Vitoria-Gasteiz.
La
LFP ha avanzado mucho pero sigue viviendo a remolque respecto a la excelente
estructura organizativa de la ACB. Ninguna competición deportiva en España es
capaz de reunir en una misma ciudad a ocho equipos con sus respectivas
aficiones bajo un ambiente que enlaza el espíritu competitivo con la hermandad
que une a los amantes de un mismo deporte.
En
la Copa del Rey de baloncesto se convierte en realidad aquello de que “lo
importante es participar”.
Comprobar
cómo celebran el cierre de una competición en un mismo espacio los dos equipos
rivales, las dos aficiones e incluso los periodistas que cubren la información
me causó un gran impacto emocional ya en el año 2000. Allí estábamos en la
fiesta del campeón (ese año el Estudiantes que ganaba al entonces Pamesa
Valencia) todos los que de una u otra forma habíamos vivido esa edición de Copa
en Vitoria-Gasteiz.