Entre los cambios que nos ha
tocado experimentar en esta revolución social que está siendo esta década del
nuevo siglo XXI se incluye el “recorte” del periodo vacacional. Qué lejana se
evoca aquella época cuando eran dos o tres los meses de asueto al menos entre
los más jóvenes.
Hoy, si se dispone del privilegio
de tener trabajo, se ha convertido en un problema familiar el cierre de los
colegios el mes de julio para los pequeños. Porque no siempre los abuelos
pueden abarcar tanto y no siempre las economías permiten semanas de campamento,
intercambio internacional de aprendizaje de idiomas, etc.
No obstante, son muchas las escuelas
que programan actividades en esta época estival en la que ya proliferan los
campus temáticos. Los que se centran en el fútbol se han convertido en este
cartel en una excelente alternativa.

Se trata de eventos que se
centran en recuperar el fútbol en esencia y alejar a las nuevas generaciones de
ese corrompido ámbito que parece que es en lo que se empecinan algunos en
querer convertir este deporte.
Sí, es cierto que hay cientos de
campus como hay decenas de futbolistas, técnicos o clubes que organizan esta
actividad; pero yo, estos días, he
podido constatar que existen apasionados futboleros que honran el espíritu de
aquellos pioneros que iniciaron este juego de dar patadas a un esférico para
conseguir crear un “espectáculo” que ha
aportado más a la globalización del planeta bajo un mismo manto, que infinidad
de eventos.
La película “La Gran Final” dirigida por Gerardo Olivares
refleja en tono de comedia y con tintes de surrealismo la universalidad del
fútbol.
