A vueltas con los continuos cambios en el programa educativo y pedagógico que aplicar a nuestra juventud se nos olvidan muchas cosas. El empeño de los mandamases por insertar en la formación de nuestros más jóvenes valores que sólo defienden o potencian determinadas ideologías o creencias, les lleva a olvidar un principio fundamental de convivencia: la educación social.
Yo que crecí en el seno de la EGB no voy a elogiar los contenidos de un programa que disponía de muchas lagunas, sin embargo, reconoceré un mérito: la inclusión de dos materias: en una primera etapa educación vial y en una segunda ética.
Recuerdo que eran “asignaturas marías”, que además aparecían como optativas y contrapuestas al estudio de la asignatura de religión (así funcionábamos todavía mientras el país amanecía a la democracia, algo muy similar a lo que sucede hoy y se sigue padeciendo en cientos de rincones de ese mismo país más de 30 años después); no obstante, esa EGB ofrecía el paradigma de unos modos de conducta que, aunque sólo fueran de forma sigilosa, proponían un mundo más sociable, una población solidaria, una sociedad más decente.
Es decir, intentaba dotar a la sociedad de todo lo que carece este mundo que nos acoge y esta coyuntura por la que transitamos inmersa en pleno proceso de deterioro.
