Que hoy sea San Francisco de Sales, patrón de
los periodistas, sólo es un factor trivial para poder reflexionar, una vez más (no
sin dolor) del deterioro de una profesión especialmente masacrada en esta
coyuntura de declive.
La tarea de contar noticias se ha transformado en
una labor tristemente envilecida por sujetos activos que, amparados bajo
férreos intereses económicos e ideológicos, utilizan la profesión para
encumbrar dotes propagandistas que serían idolatradas por Goebbels.
La coyuntura se agrava cuando la manipulación
se erige en el único fin para la construcción de una realidad “irreal” que cada
vez vive más alejada de la sociedad. Rebelarse ante la ausencia de
investigación y presencia de la censura son factores que se convierten en
determinantes para intentar ofrecer una perspectiva óptima a la vieja figura
del trovador.
La lucha se percibe fratricida cuando además,
hemos de intentar la reconciliación de la profesión desde la atalaya a la que
se está defenestrando al periodista. Los despidos de trabajadores, los cierres
de empresas de comunicación, la aglutinación de medios en unas pocas manos, en
general, la idea de prescindir de los que deberían ser “notarios” de la
convivencia ante la sociedad supone el deterioro de la propia sociedad y la
puesta en circulación de principios que atacan directamente al sistema
democrático.