Maria Moliner define el arte
como la “actividad humana dedicada a la creación de cosas bellas”. Pero, tanto los gustos como las sensaciones,
son subjetivos y, por tanto, lo que para uno parece bello, para otro puede resultar
simplemente poco atractivo.
Sin embargo, puesto que Maria
Moliner nos permite considerar la emoción como pilar fundamental para designar
algo como arte, no me deja ninguna duda personal sobre la excelente “obra de
arte” que supone el Museo Guggenheim de Bilbao.
Si nos ceñimos a las sensaciones
para definir, no hay duda de que la predisposición emocional determina la
percepción que puedes tener de las cosas. El talante con el que te enfrentas a
una manifestación artística condiciona el momento de contemplar la obra.
Tal vez por eso, ha sido a la
tercera cuando he caído rendidamente enamorada de un espacio donde la
enajenación permite acercarte al concepto de felicidad. Si ésta es la sensación
de contemplar cómo el tiempo para y sólo es real lo perceptible por los
sentidos, sin duda, en el Guggenheim yo tuve un encuentro verdadero con la
felicidad.
Y eso que nuestro romance se ha
forjado muy lentamente.
En nuestro primer contacto
servidora no cayó seducida por el museo
bilbaíno. La primera impresión fue la de
estar contemplando un edificio imponente; pero aquí, una amante de los símbolos,
veía mucho titanio apelmazado y una descomunal construcción de siglo XXI que
andaba incrustada en una urbe cuya imagen tenía predeterminada por el Bilbao de
Unamuno y el recuerdo de la ciudad modernista descrita en la novela El Intruso
de mi paisano Vicente Blasco Ibáñez.
