Era previsible que la renuncia de Benedicto XVI como “discípulo de San Pedro” no suponía una decisión improvisada, ni tan siquiera parece una decisión personal. Los Papas no dimiten por muy mala salud de que dispongan. Por eso la sociedad no traga (con perdón) con esta “espantada”, por mucho que se empeñen los encargados de marcar las opiniones del pueblo en mostrar de repente ante el mundo a un anciano enfermo, cansado, impedido e incluso deprimido.
Cuanto más información disponemos, más desinformados estamos y más lejana queda la verdad del hecho histórico del adiós de Ratzinger como Sumo Pontífice.
Ni la película Las Sandalias del Pescador, ni el libro del Código da Vinci han sido capaces de montar un argumento tan mafioso como la realidad de lo que se vive en el Estado del Vaticano donde hoy las corrientes de poder se mueven cual caballo desbocado. La humildad no existe en la primera “Casa de Dios” donde parece que la ambición se ha convertido en el primer mandamiento a cumplir.
La lectura dominical de la prensa más que despejar la visión de la realidad, construye una maraña de dudas respecto a qué hay detrás de esta dimisión papal.
Al parecer Benedicto ¿hará caso? y se recluirá en un convento. Se alejará del mundo pero parece que el anciano enfermo que nos quieren retratar no va a cerrar su trayectoria sin dejar sus últimas huellas. Con la renuncia ya anunciada, sus últimas decisiones como “gobernante” ofrecen pinceladas de algunas de las luchas que le han llevado a acabar bruscamente su pontificado.
